18 mayo 2006

Una historia de posguerra


Era un grupo alegre, el de los siete hermanos Povedilla y sus amigos de verano en la colonia de chalets de Las Navas del Duque. Chicos y chicas en la flor de la vida, deseando vivir y olvidar las limitaciones impuestas por la Historia en una posguerra miserable de restricciones eléctricas, lentejas con gorgojos y penicilina de estraperlo.

Hacían excursiones, montaban en bicicleta, organizaban guateques con cup de frutas, bailaban y reían y cantaban Siboney, y Rascayú, y yo tengo una casita pequeñita en Canadá.

El centro de la fiesta solía ser Titín Cortés. Era Titín un guapo mozo, cabo de gastadores en su mili interminable por ser el más alto y el más fuerte de su compañía. Educado, divertido, siempre elegante y más bonito que un San Luis. Además, ¡era tan gracioso cuando se hacía el mariquita delante de las chicas!...

En una ocasión fueron todos a nadar al río y Ramón, el más joven de los hermanos Povedilla, se vió arrastrado por la corriente, perdió pié y desapareció en un remolino. Titín no se lo pensó: Se arrojó corriendo al agua y con su poderosa brazada alcanzó rápidamente a Ramón. Le salvó la vida. Y siguió bromeando. Era un ganso.

Otro día, los Povedilla le jugaron una buena: Pagaron al pregonero del pueblo para que anunciara a toda la vecindad que "el cerdo de Don Agustín Cortés" se había escapado y se recompensaría su devolución, dando señas precisas de la fisonomía de Titín.

Pasó el verano y Titín volvió a su mili y los Povedilla a sus ocupaciones habituales. Una mañana, Don Roberto Povedilla volvió a casa con el ABC debajo del brazo. Noticia bomba: Se habían realizado numerosas detenciones en el transcurso de una redada. Una orgía de homosexuales en la residencia del embajador del Brasil. Entre los detenidos, un militar que sería enjuiciado en consejo de guerra: Agustín Cortés.

Pasó años en prisiones militares, víctima de todas las humillaciones. Y cuando salió, sus amigos los Povedilla no se permitieron la debilidad de saludarle en público. Pues tenía su estigma de maricón un efecto contagioso y podía pensar la gente que el virus les había afectado también a ellos.

Pasaron los años y Ramón Povedilla, el chico que había estado a punto de ahogarse en el río, tenía más de treinta y cinco años y seguía soltero y la gente podía hablar, así que se casó con una de las chicas de la pandilla de Las Navas. Rubia teñida, varios años mayor que él. No tuvieron hijos, no hacían apenas vida en común, pero "se llevaban muy bien". Después del trabajo, Ramón desaparecía cada tarde "para tomar una copa con sus amigos" y sobre las once de la noche llegaba a su casa a cenar.

A mediados de los años noventa, hojeando las esquelas de ABC, me enteré de que Titín había fallecido. Sus desconsolados hermanos, sobrinos y demás familia rogaban una oración por su alma. Una pena que Ramón no se pudiera ya enterar: Afectado por una avanzada demencia senil, vegetaba en la residencia en donde su esposa le había internado.

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