18 noviembre 2010

Brasil



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Hemos estado dos semanas en Brasil (y un par de días en Argentina).

12 agosto 2010

Baden Baden (y III)

Lo primero que llama la atención de la obra recién acabada es el estudiado diseño de paisajística urbana. Los señores del excelentísimo ayuntamiento han pensado en todas las necesidades de la vida moderna, especialmente en los vehículos de dos y cuatro ruedas. También la imprescindible publicidad ha encontrado acomodo en el nuevo espacio. Una pena que el turista -o el simple paseante de su propia ciudad- tenga que hacer virguerías si quiere tomar alguna vista del Congreso…

…o de la plaza de Neptuno desde el costado del hotel Palace.

En la plaza de las Cortes la obra está aún por terminar, pero ya se aprecia el inequívoco estilo Gallardón: Concienciado con el cambio climático, nuestro alcalde ha decidido eliminar cualquier rastro de ajardinamiento y lo ha sustituido por duro granito jaspeado -apariencia inocente que oculta cuarzo, mica y feldespato.

Eso si, se ha tapado la antigua salida del parking (era un horror) con una especie de homenaje en piedra a la tumba de Lenin. Y hasta el cruce de la carrera de San Jerónimo con la calle Cedaceros, el resto de la obra nos recuerda vagamente al invierno en Vladivostok.

Me alejo de la remodelación modélica y desemboco en la plaza de Canalejas. Mi plaza de Canalejas. Dieciocho años trabajando en uno de sus emblemáticos edificios me dan derecho a usar el posesivo. Dieciocho años viendo como se degradaba, reforma tras reforma. De centro financiero y emporio del lujo elegante a simple lugar de paso para el turismo de alcohol barato y sexo fácil que nos invade en los últimos tiempos.

Sigue repleta de artefactos inútiles, diversos cachivaches urbanos que afean la vista…

…y complicadas señales de tráfico que sólo consiguen despistar al miserable conductor que cometa el terrible error de introducirse en esa zona.

Y el cartelón que anuncia alguna obra inminente desde hace un par de años.

Y el típico socavón que se llena de agua sucia cuando llueve.

Y el bujero-papelera, tan nuestro.


Total, que me vuelvo a casa hecho un manojo de nervios. Y al llegar a mi calle encuentro…

…el punto limpio, como su propio nombre indica.

08 agosto 2010

Baden Baden (II)

Termino el re-desayuno y prosigo el paseo. Ahora me encamino a Cibeles por Recoletos. El otrora hermoso paseo, tontódromo de la ciudad, bulevar florido donde ver y dejarse ver. Sobre todo en noches oscuras. Abandonado a su suerte en los últimos veinte años. Último refugio entre autopistas de chaperos, yonquis y demenciados. Recibe ahora un tratamiento de choque por el Ayuntamiento. ¿Sobrevivirá?


Un suelo compacto de alguna misteriosa amalgama sustituye al roto pavimento de cerámica. Las mencionadas farolas de Ikea (la farola modenna, la farola de moda), al modelo anterior de luminaria, un tanto cursi y recargado de floripondios, es cierto, pero los floripondios fueron cosa del Sr. Álvarez del Manzano y López del Hierro (era un único señor a pesar de tanto apellido). Unos bancos de grantito anti-ergonomía reemplazan a los anteriores de madera y hierro forjado, tan cómodos y todavía en buen uso. Para cruzar a Bárbara de Braganza tienes que dar un extraño rodeo, porque la nueva peatonalización supone que el paso de peatones no está en su sitio (la esquina) sino muchos metros más allá.

Los que no desaparecen son los añadidos hosteleros que depredaron los jardines laterales en los años 90: El mostrenco kiosko-terraza del café Gijón, el abusivo capricho Art-Nouveau del Espejo. Y los plásticos soportes grafiteros de los puestos de helados. Y el espantoso acceso (de pus) a la estación de Renfe (ahora Adif). Cuando paso del tramo re-decorado al viejo y decadente, no puedo evitar un suspiro de alivio. Aquí al menos la luz reflejada en el granito y el acero no daña la vista.

Llego a Cibeles y cruzo por el lado del Banco de España. Aquí tengo que reconocer que el Ayuntamiento de RuizGa tuvo (hace años) el buen criterio de poner semáforos y eliminar pasos subterráneos. Pero alcanzo la zona central del paseo del Prado y compruebo que sigue tan abandonada y cutre como solía.

Un puesto de helados con toda su intendencia y aparato electrónico. El kiosko de prensa de toda la vida. Y una infinidad de objetos de mobiliario urbano, inútiles salvo como soporte publicitario. Destaca una de esas absurdas señales luminosas marrones que orienta a los turistas en español, inglés y japonés. Un amigo nuestro, británico él, se descojona vivo cada vez que la ve, al advertir que “plaza de Cibeles” se dice en inglés “plaza de Cibeles”. Elementary, my dear Watson.

El mal humor que siento al imaginar el pastón que nos hemos gastado los madrileños en el nuevo despachito del alcalde (antes Notre Dame des Communications) se me pasa un poco paseando por el bulevar junto al antiguo ministerio de Marina. Sombra, verdor, estilo. Y enfrente, la fuente de Apolo, tan fresca y armoniosa.

Pero llego a Neptuno (a.k.a. plaza de Cánovas del Castillo) y me vuelvo a derrumbar: Aquí también, junto a los museos del Prado y Thyssen, entre el Palace y el Ritz, la farola terminator, la farola que acabará con todas las farolas. Se trata de la casi finalizada remodelación del tramo final de la Carrera de San Jerónimo.

Redecora tu vida o muere, maldito bastardo.

07 agosto 2010

Baden Baden (I)



“Madrid en agosto, con dinero y sin familia… ¡Baden-Baden!”
, dicen que dijo en alguna ocasión D. Francisco Silvela, ilustre prócer madrileño de hace un siglo.

Así que como es agosto, estoy forrado y tengo a Alfonso de vacaciones nilóticas, he decidido esta mañana muy tempranito salir de paseo, armado de mi cámara y como un turista más, decidido a disfrutar ese idílico Madrid agosteño.

Aprovecho para llevar envases a reciclar al punto limpio de mi calle, también llamado urinario público nº 1. Tres contenedores malolientes acumulan los residuos que los sufridos vecinos nos obstinamos en depositar. Papel, vidrio y envases, porque en el barrio no hay recogida de cubos amarillos, aunque pagamos la misma tasa de basura que en Chamberí o Salamanca. Alrededor, un revoltijo de residuos en estado sólido, líquido y gaseoso, orgánicos e inorgánicos.


“Es temprano” -me digo. “Pronto pasarán por aquí los señores barrenderos municipales para recogerlo todo, regar la calle y dejarla más limpia que una patena”. Y contento y feliz, emprendo mi recorrido turístico. Tomo el metro -línea 5- en Latina. La estación no tiene aire acondicionado y empiezo a sudar -suerte que me puse desodorante-, pero cuando llega el tren y subo al vagón el calor tropical se convierte en frío siberiano. Estornudo.

Salgo tiritando del suburbano en Alonso Martinez, a la plaza de Sta. Bárbara que tan gratos recuerdos me trae. Lo primero que veo es un informe retal de césped descuidado, rodeado por una cáscara parda de hormigón y herrumbre. Sobre el césped, los restos del botellón del viernes. Botes de refresco y botellas de pet vacías. La plaza ha sido reciéntemente peatonalizada adoptando una estética entre Ikea y Terminator. Se trata de dar un aire escandinavo y futurista al conjunto histórico del Madrid Isabelino.


Las viejas farolas de siempre han sido sustituídas por artefactos relucientes y robóticos, los románticos banquitos de piedra desgastada son ahora un poema dada; Y donde había un templete neoclásico que albergaba una pequeña librería de viejo se levanta un kiosko neomoderno de vidrio y acero con librería… y bar. Alrededor, un viejo palacio abandonado (nº 10 de la plaza) y algunos arbolitos enclenques recien plantados (en Madrid, árbol puesto es árbol muerto por falta de cuidados). Mucho más mejor asín.


No quiero caer en una infecunda nostalgia, así que bajo la calle Génova hasta Colón. Entro en la cafetería Riofrío, una de las poquísimas que resisten a la desaparición de la especie. Pido un café con leche y un croissant (ya dije que estoy forrado) y recuerdo como era la zona antes de que el alcalde Arias Navarro decidiera transformarla en “la plaza más bonita de Europa”. Yo era entonces un niño pequeño y me impresionó sobremanera el efecto de las piquetas sobre el palacio de Medinaceli. Recuerdo también los furibundos ataques de la prensa conservadora a Tierno Galván cuando remodeló la Puerta del Sol instalando las llamadas farolas “supositorio”.


Soy incorregible, otra vez la nostalgia me atacó.

13 julio 2010

Soy guiri.

Yo creía que era español.

Nací y crecí en Madrid y me eduqué en castellano, tengo dificultades para conversar en cualquier otro idioma. Me gustan Velázquez y Picasso, la tortilla de patatas y el gazpacho, Jorge Manrique y el romancero -pero también Goytisolo o Mendoza-, el suave Mediterráneo y las borrascosas costas del Cantábrico, las llanuras de Castilla y todo lo que riega el Guadalquivir. Tributo a la hacienda pública del Reino de España, voto periódicamente como un ciudadano más y mi pasaporte dice que tengo la nacionalidad española.

Falso.

Yo soy guiri.

El mundial de fútbol me ha quitado la venda de los ojos.

Vaya por delante mi alegría por el triunfo de la Selección. Se merecen lo mejor, son guapos y simpáticos, Iker es un cielo, Del Bosque me cae fenomenal. Enhorabuena para todos ellos.

Pero así y con todo, no me gusta el fútbol. No siento ninguna emoción cuando marcan o dejan de marcar, me aburre soberanamente y siento total indiferencia si el equipo de la Confederación Helvética nos cuela un gol. Tampoco me gustan las multitudes de ningún color ondeando banderas. Es algo genético: Veo una multitud con banderas y echo a correr. Desde siempre.

Y ayer, cuando paseaba por Lavapiés -pensabamos cenar en un indio de la zona-, un gracioso magrebí, portador de la enseña patria y enfundado en camiseta carmesí, me intentó explicar en inglés lo contentísimo que estaba porque España era the champion of the world.

Ahí me di cuenta. Soy un guiri.

07 julio 2010

La alternativa

Una refrescante alternativa para el próximo domingo:

¡Natación Sincronizada!

04 julio 2010

Fútbol vs Orgullo

Tarde de sábado veraniego. Escribo un aburrido informe económico e intento animarme con músicas tontas. De la calle me llegan sonidos estridentes. Gente que grita, pitos y bocinas. Se preparan para el Partido.

Llevan días preparándolo, en realidad. Varios clientes me han preguntado cosas como “¿dónde lo vas a ver?”, dando por hecho que lo voy a ver. Suelo responder con evasivas, es difícil enfrentarse al mainstream. Hace poco llamé a Movistar (antes Telefónica) para darme de baja en su servicio de televisión de pago (nunca lo he utilizado realmente). Unas horas después recibí la llamada de una amable señorita del servicio de atención al cliente para ofrecerme gratuitamente el abono a todos los canales de fútbol imaginables a cambio de seguir conectado. Decliné tal invitación.

Soy un bicho raro, ya lo sé. Odio la Navidad, las fiestas de los pueblos, las vacaciones familiares en la playa y el Mundial de Fútbol. Odio las cosas que se supone que gustan a todo el mundo.

No me gusta el fútbol de la misma manera que no me gusta el cine de Kiarostami. Me aburre soberanamente. Hasta ahí, todo es normal, no pasa nada. Pero intentad imaginar un mundo en el que lo habitual fuera la pasión de las masas por el cine experimental iraní. De la indiferencia por “El sabor de las cerezas” podríamos pasar a sentir una franca aversión.

Otra cosa que no soporto es el fácil patriotismo de la afición. Estoy seguro de que muchos de esos vociferantes españoles de ocasión procuran defraudar al fisco siempre que pueden.

En fin, suenan los himnos, comienza el partido y yo termino mi trabajo, me doy una ducha, me visto y salgo a la calle. Tengo la intención de acercarme a la Gran Vía a cotillear un poco el desfile del Orgullo. Una pequeña inmersión el el océano marica me hará sentir mejor, pienso.

Equivocádamente.

De mi casa a Callao hay como quince minutos andando por calles llenas de bares con televisión. Y cuando por fin llego, sobre la pachanga disco de las carrozas suena la voz atronadora de un grupo de alegres lesbianas que retransmiten la victoria: “¡¡Es-pa-ñña-Es-pa-ññaaa!!”. Ni allí me libro.

Me siento cada vez más incómodo, viejo, fuera de lugar entre ese aluvión de torsos depilados, carne fresca al microondas, contoneándose frenéticos al ritmo de Kylie. Así que vuelvo a casa por calles secundarias, buscando la paz y el silencio.

Al pasar por la plaza de la Marina Española (donde está el Senado), una mujer y un hombre charlan acalorados en la puerta de un restaurante. Ella dice algo así como “me parece bien que la Seguridad Social les pague el cambio de sexo, pero no hay derecho a que corten todo Madrid...”

Ese retazo de conversación me hace dudar. ¿No es el Orgullo en el fondo para mucha gente el mismo tipo de imposición odiosa que suponen para mi los partidos del Mundial?.

No. No es lo mismo.

Hay otras manifestaciones incómodas para mucha gente en una ciudad como Madrid. El uno de mayo, las procesiones de Semana Santa, los ganaderos con sus ovejas por la Cañada, el día de la Bicicleta, la Maratón y el Sursum Corda. Si no te gusta el Orgullo, te quedas en tu casa o sales por otros barrios y ni te enteras. Pero si no te gusta el futbol... Ah, querido, entonces lo tienes crudo, porque ni aunque te encierres en la cartuja vas a dejar de escuchar cada uno de los goles y sus correspondientes celebraciones. En un mercado de Xian, en lo alto del Machu Picchu, en cualquier isla perdida del Pacífico, alguien te preguntará: ¿Real Madrid o Barça?.

11 mayo 2010

Toda crisis es una oportunidad (business as usual)

El 11 de septiembre de 2001, unos chiflados exóticos estrellaron dos aviones comerciales contra el símbolo del capitalismo occidental, las torres gemelas del WTC de Manhattan.

Cundió el pánico, las bolsas se desplomaron, la economía americana entró en recesión y la autoridad competente (FED) bajó los tipos de interés para inyectar liquidez al sistema (política monetaria).

Los reducidos tipos de interés abarataron las hipotecas. El mercado inmobiliario experimentó un gran boom. Los bancos inflaron la burbuja concediendo préstamos a todo quisqui y tasando las casas hipotecadas por encima de su valor real.

En lugar de mantener en su activo esas hipotecas basura, los bancos que las habían concedido hacían un buen negocio vendiéndolas a terceros. Troceadas y disfrazadas con nombres exóticos, las agencias internacionales de rating (hay tres o cuatro en todo el mundo) las calificaban como deuda “buena”, y así acababan en la cartera de inversiones de las más prestigiosas instituciones financieras del mundo mundial. Ingeniería financiera.

Cuando los tipos de interés empezaron a subir (política monetaria) y la gente se quedó sin poder pagar su hipoteca, la burbuja pinchó, el mercado inmobiliario se hundió y la ruina se extendió como mancha de aceite.

El problema derivó en una absoluta falta de confianza en los mercados. Los bancos no se prestaban dinero entre ellos (mercado interbancario) y ya nadie se fiaba de las agencias de rating.

Algunos bancos hicieron un gran negocio con la crisis, pues apostaron a la baja (Goldman Sachs). Pero otros habían acumulado montones de deuda basura y algunos quebraron (Lehman Brothers).

Otros eran “demasiado grandes para dejarlos caer” y los gobiernos respectivos intervinieron para sacarlos a flote. La crisis (primero financiera, luego de la economía real) costó mucho dinero al erario público. En EE.UU., en Gran Bretaña, en Alemania, en España y... en Grecia.

Los estados de medio mundo incurrieron en grandes déficits (política fiscal). Para financiarlos, emitieron deuda pública. Goldman Sachs asesoraba al gobierno griego en esas emisiones, ayudándole a camuflar las verdaderas cifras del déficit.

En octubre de 2009 cambia el gobierno en Grecia. Y entonces las agencias de rating se ponen exquisitas y alertan de la mala calidad de la deuda pública griega. Un par de artículos en el Wall Street Journal por aquí, un par de editoriales de The Economist por allá y ¡ale-hop!, los inverores entran en pánico.

Pánico muy bien aprovechado por tiburones y buitres carroñeros. Apostando contra la deuda griega via credit default swaps (ingeniería financiera). Curioso instrumento que permite asegurarte contra el impago de unos títulos de deuda que, en realidad, no son tuyos.

Profecía autocumplida: La desconfianza se traduce en un pispás en un aumento del diferencial (riesgo-país) que debe pagar Grecia para colocar su deuda. O sease, los griegos tienen que pagar más intereses que los alemanes (pongamos por caso) para vender esa deuda. El encarecimiento de las obligaciones crediticias del estado griego hace improbable que efectivamente pueda hacer frente a esos pagos. Y vuelta a empezar.

Vale, Grecia emite su deuda en euros. Y todo lo que pueda pasarle a Grecia le afecta al euro. Así que baja la cotización de la divisa europea frente al dólar, cosa que le viene muy bien, mira tu por donde, a las grandes compañías exportadoras de Alemania.

La Unión Europea dice -repetidas veces- que ayudará a Grecia, que no la dejará hundirse en el lodazal de la insolvencia. Pero nadie hace nada en realidad, pues el gobierno alemán tiene a la vista elecciones regionales y ayudar a esos derrochones del Sur es impopular (cigarras vs. hormigas) y si Alemania no cede, los demás gobiernos de la Unión no empujan.

Así que la crisis se extiende y profundiza. En el punto de mira de “los mercados” aparecen nuevas piezas: Portugal, Irlanda, Italia y España, los otros miembros del club PIGS.

En unas semanas, las bolsas se hunden, las agencias descalifican, los inversores desconfían, los gobiernos amenazan y los pueblos tiemblan.

Finalmente se celebran elecciones en Renania del Norte-Westfalia, se reúne el Ecofín y se concreta un mecanismo europeo para acudir en ayuda de los estados con problemas. Se aporta un fondo de 750,000 millones de euros a cambio de imponer duras condiciones a esos países (reducción rápida y radical del déficit públlico).

Al día siguiente (hoy), el Ibex sube más de un 14% y todo el mundo está muy contento.

¿Quién ha ganado en toda esta película? ¿Quién ha perdido?

El inversor de a pie, el ahorrador medio que mantenía una carterita de titulos pensando en el futuro, ha vendido barato en el momento de mayor acojone. Ha perdido.

Los grandes bancos de inversión, los hedge funds transnacionales, cibernéticos y anónimos, han ganado mucho dinero comprando barato y vendiendo caro, distorsionando precios, apostando fuerte a caballos ganadores.

Los pueblos de Europa pierden. Las sociedades de los países atacados por especuladores, tendrán que “apretarse el cinturón”. Y eso del cinturón significa renunciar a su incipiente estado del bienestar en lugar de, por ejemplo, aumentar la presión fiscal sobre las transacciones finencieras especulativas o luchar coordinadamente con el resto de la Unión Europea contra la economía sumergida, el dinero negro, las mafias internacionales y los paraísos fiscales.

La democracia se deteriora. Son “los mercados” los que determinan las políticas económicas, no los parlamentos.


¿Y era ésto la “refundación del capitalismo” que prometían Sarkozy y otros líderes mundiales?

Pues vaya toalla...

PS para saber más:

Naomi Klein

Vicenç Navarro

Oliver Stone






12 enero 2010

El regreso

Venecia. Enero 2010. Visconti y Fellini, Mahler y Nino Rota, los caballeros Von Aschenbach y Casanova. Una superproducción de Butácora en Cutrevisión y Tuborama.



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